El tuit primigenio es de Sebastián Chaves, que el 12 de octubre de 2018 preguntaba: “¿Qué palabra aprendiste gracias a una letra de Babasónicos?”
Más allá del aprendizaje, es imposible disociar ciertas palabras del uso que Adrián Dárgelos les dio: al decir o escribir “bambula”, “zafarrancho”, “voluta”, “caireles”, “lupanar”, “charada”, “vórtice”, “cadalso”, “rubí”, “desfachatado” o “vergel” se escucha, también, el rumor de Babasónicos.
Pero Dárgelos no sólo hizo suya una zona del idioma existente: también creó un extenso plano imaginario de neologismos. “Coralcaraza” de 1994, “cybernecia”, “calmática”, “coyarama” y “gronchótica” de 1996, “egocripta” de 1997, “paraguayana” de 1999, “microdancing” de 2008, “romantisísmico” de 2013, “trans-algo” de 2018. Y debe haber muchos más.
Palabras, palabras, palabras. ¿Puede ser casual que al cantante de Babasónicos jamás se lo haya visto con un instrumento musical en las manos? La excepción fue cuando en una publicidad de Claro, la empresa de telefonía, tocó por unos segundos la guitarra. Así que su único instrumento es la palabra, y quizá por eso ya son dos los libros de poesía que escribió y que salieron publicados por Sigilo: Oferta de sombras en 2019 y La voz de nadie en 2024.
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Pero como aquel rey de Las mil y una noches que, curioso, decide salir del palacio por las noches y vagar por las calles de su ciudad para ver cómo vive la gente del común, de un tiempo a esta parte Dárgelos ha invertido la operación: ya no es el que trae las palabras sino el que las recoge. Pero ya no las saca de Fogwill ni de Marcelo Cohen ni de Jean Cocteau ni de Alasdair Gray. Imaginémoslo deslizándose anónimamente por los bares un sábado a la noche. Escucha: “maracuyá”, “maracuyá”, “maracuyá”. ¿Qué es esa recurrencia? Y por eso la tercera canción de Cuerpos Vol. 1 se llama «Maracuyá».
El disco empieza con «Tiempo off»: “Tomate un tiempo off de mí”. El sustantivo pertenece al mundo de la oficina y también al de las redes, pero el complemento apunta al mundo vincular. Esas cosas no deberían estar juntas pero lo están. Dárgelos lo viene haciendo hace más de una década: “ahorro de amor” en 2013, “la izquierda de la noche” en 2018, “oferta de sombras” en 2019, “tiempo off de mí” en 2025.
Cuerpos Vol. 1 avanza y después del “tiempo off” y la “maracuyá” el léxico contemporáneo sigue apareciendo. En «Advertencia» se escucha: “te acomoda bien el trauma”. En «Labios apilados»: “algo de nosotros está roto” y “si buscás un poquito de empatía entre la sintonía fina”. En «Mercado blue»: “mi falta de vergüenza cotiza en el mercado blue”.
Es posible que el manifiesto de este nuevo Dárgelos sea una línea perdida en «Mentira nórdica», una canción de Trinchera. Ahí se escucha: “Voy a usar esas palabras que usan todos y que nadie siente propias”. Antes Dárgelos usaba palabras que inventaba o que nadie conocía. Ahora usa las que usan todos. Antes decía, como se escucha en «Esther Narcótica» de 1997: mandrágora, belladona, datura, muérdago. Ahora dice: maracuyá. De la botica medieval a la coctelería. Y creo que en ese desplazamiento puede leerse, también, la historia de Babasónicos.
Babasónicos y la realidad
Por algún motivo que desconozco siempre que se habla de Jessico se habla también de la crisis de 2001. Lo hace el artículo del disco en Wikipedia, que en el primer párrafo dice: “…en el momento donde había ocurrido una crisis en diciembre de 2001 en el país”. Lo hace la Rolling Stone en su libro Los cien mejores discos del rock nacional: “desde el fondo de la crisis argentina”. El artículo de la revista El Planeta Urbano sobre el disco empieza así: “la Argentina de 2001 era un país en plena crisis”. El especial de Filo News anuncia: “en plena crisis argentina sale Jessico”. Son unos pocos ejemplos; podrían ser muchos más.
Lo llamativo de la asociación es que nunca está justificada. Es cierto que el país estaba derrumbándose o a punto de incendiarse (esas son las metáforas) pero la relación de esa circunstancia con la impronta del disco nunca se establece, acaso porque poco ganaría con hacerse más precisa. Además, y notoriamente, Jessico no necesita a la crisis: se lo disfruta sin problemas en Guayaquil, en Yacuiba, en Caracas y en Asunción, donde lo escucha gente que no sabe cómo se llama el cantante de Babasónicos e incluso donde no se lo reconocería en el caso de verlo por la calle.
Propongo entonces que con Jessico Babasónicos entró en las grandes ligas del rock nacional, pero para eso debió pagar un precio. La banda había atravesado la década del noventa en un delirio propio, y esto había implicado abstenerse del juego realista que proponía el rock barrial. Pero en 2001, y para hacerse verdaderamente popular y nuestra, la banda fue obligada a hacer lo que hiciera su antítesis chabona: hablar de la realidad argentina. Para eso debió acercarse a nuestras crisis y, en particular, confundirse con una de ellas.
Y ellos aceptaron esta nota social: cuando en 2021 Babasónicos lanzó su podcast, el primero de los cuatro episodios se tituló «Con todo en contra». Ahí se habla de una banda sin contrato y de un país en llamas, y las desventuras de la banda sin contrato se confunden con las del país en llamas.
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Es posible que la reconfiguración de Babasónicos (un proceso tan impersonal y sin autor responsable a la vista como el de la salida de la Ley de Convertibilidad) haya empezado el jueves 27 de diciembre de 2001, cuando el suplemento No del diario Página/12 publicó su tradicional encuesta de fin de año. En la tapa se leía: “en medio de los vidrios rotos y con la sangre derramada todavía fresca, los músicos argentinos eligieron lo mejor de un año que comenzó, transcurrió y concluye en peligro. Como siempre, tratándose de un extraño lugar llamado Argentina”. Como Jessico había resultado el disco del año, la tapa era una foto de Babasónicos.

Pero en la foto no estaban todos los miembros de Babasónicos: faltaba el hermano de Adrián Dárgelos, llamado Diego Rodríguez y conocido como Diego Uma. En la nota se explicaba la ausencia: el menor de los Rodríguez se había quedado en Tortuguitas cuidando la casa en la que estaba el estudio de grabación de la banda. Se hablaba de hordas que, atravesando el Gran Buenos Aires, iban saqueando por ahí. Y Adrián Dárgelos aportaba el dato de que la noche anterior había escuchado disparos y explosiones en ese lugar.
La entrevista para el suplemento No, incluyendo la sesión de fotos, había sido el viernes 21. Eran los días de la dimisión de Fernando de la Rúa. Los músicos, excepto Diego Rodríguez, habían atravesado el caos para hacer la nota.
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Ese día empezaron a acabarse el movimiento centrífugo y el mundo propio. Como en esas películas de ciencia ficción en las que todo está bien hasta que dos átomos ocupan el mismo espacio al mismo tiempo y la situación se complica, la trayectoria de Babasónicos y la realidad argentina, que hasta entonces habían mantenido una relación lateral e intermitente (aunque quizá deberíamos desconfiar de que el ejemplo de politización babasónica a mencionar sea, siempre y únicamente, la tapa de Miami), terminaron por encontrarse de frente.
El tiempo pasó y Babasónicos siguió creciendo pero ya con una mayor permeabilidad a la realidad social y a la voz colectiva. A veces eran ellos quienes proponían esa relación, y a veces la asociación corría por cuenta de quien escuchaba. En Infame, de 2003, está la canción «Estertor», que, a diferencia de Jessico, sí puede relacionarse con la crisis de 2001: “la miseria y su estertor nos mata”. En «Pobre duende», incluida en Anoche de 2005, se ha querido ver un mensaje sobre Cromañón. «Fiesta popular», que está en A propósito de 2011, estuvo motivada por el Decreto de Necesidad y Urgencia 1584/2010, que restituyó los feriados de carnaval. En la frase “ese show de baile que todos pretenden ganar”, incluida en «La pregunta», que está en Discutible de 2018, se ha leído una alusión al programa de Marcelo Tinelli. En «Paradoja», que está en Trinchera de 2022, se escucha “Pueden llevarme la contra en silencio hasta organizarse”, y pareciera un eco del “Armen un partido y ganen las elecciones” de Cristina Fernández de Kirchner. En la citada «Labios apilados» aparece la expresión “sintonía fina”, también de la ex mandataria. Y «Mercado blue» deriva inequívocamente de la Resolución General 3210/2011 de la Administración Federal de Ingresos Públicos.
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Cuando salió Cuerpos Vol. 1 tuve la sensación de estar ante un elemento extraño del que no se podía decir nada muy rápidamente. El disco se sustrae al binarismo del “me gusta” y el “no me gusta”. El youtuber Art Zoom, conocedor profundo del rock en general y de Babasónicos en particular, quedó atónito y diciendo: “este álbum merece más escuchas; no me quiero apurar a hacer el análisis”. Y en un muy buen artículo, Fidel Fourcade escribió: “La estructura de las canciones es polimórfica. (…) Este caos controlado refleja la sensación de un mundo que pierde sus coordenadas”.
Un mundo que pierde sus coordenadas. En efecto: tal como pasaba con Discutible o Trinchera, salir a la calle escuchando Cuerpos Vol. 1 habilita un shock existencial. El disco se revela como una buena banda de sonido de lo que está ahí afuera, y en ese momento se advierte que la permeabilidad de Babasónicos no es solamente lexical sino también sensorial. La realidad misma parece una interfaz. Y la música de Cuerpos Vol. 1 llega porque estamos acoplados a plataformas y algoritmos. Podrían faltar quince minutos para parar de sufrir y tener el celular debajo de la piel: será el Vol. 2 de nuestros Cuerpos. ¿Somos los últimos humanos? Babasónicos pareciera estar diciendo que sí. En «Miau» Dárgelos canta: “quizás en poco tiempo seamos los últimos seres con la contraseña del habla”. ¡Somos los últimos humanos!

O quizá no. Quizá flasheamos rupturas radicales para sentirnos únicos, pero después empiezan a aparecer las continuidades. Por ejemplo: en la página 22 de Invenciones sobre Babasónicos, un volumen colectivo compilado por Chaves y recientemente publicado por Gourmet Musical, José Bellas cuenta una anécdota de 1992 y escribe: “Me acerqué a decirle a Adrián que había que hacer algo en contra del regreso de Serú Girán. No me decía nada, hasta que sí: «¿Sabés lo que pasa? Que yo no sé si no quiero estar ahí algún día»”. El libro Invenciones sobre Babasónicos, publicado por Gourmet Musical, se presenta el jueves 17 a las 19 horas en Niceto Bar, Niceto Vega 5507.
Han pasado treinta y cuatro años. “Serú Girán por Lebón y Aznar” toca en las principales plazas del continente y agota fecha tras fecha. En Peperina, el disco que la banda sacó en 1981, Charly García y David Lebón firmaban «Esperando nacer». Y la primera frase de la primera canción de Cuerpos Vol. 1 es: “Nací cansado de esperar, sé que no hay chance”.
* Alejandro Droznes es autor del libro "Aquí tu libertad. Nueve lugares para el rock argentino" (Editorial Altamarea)
